miércoles, 16 de septiembre de 2020

Ejemplares únicos, Patricio Rago

 


No me gusta empezar a hablar de un texto desde una anécdota personal, pero acá voy a hacer una merecida excepción. La cosa es que leí Ejemplares únicos (Bajo La Luna, 2019) en uno o dos días, y lo digo no como un mérito de lector orgulloso, sino como una sorpresa, como algo muy grato. Incluso le dije a Patricio que había detenido la lectura para que no se acabe tan rápidamente. Pero qué pavada, ¿no? Retener lo efímero, ¿y para qué? Retomo esto que me pasó porque durante la lectura me encontré con un placer genuino, un goce parecido al de las primeras lecturas de la infancia, esas que están alejadas del canon, de la academia, de la buena y la mala literatura. Ese goce tan propio de la lectura que me hizo acordar a Verne, a las Crónicas marcianas de Bradbury, a Tintín.

Para quien no conozca el libro, podemos decir que Ejemplares únicos reúne una serie de relatos de un librero encontrándose con los lectores, los libros usados y esos personajes que nadie pensaría que ayudan a una librería a seguir en pie. Eso es lo único que voy a decir sobre lo que sucede en el libro, o lo que sucede a grandes rasgos, porque el hallazgo está en otro lado: en una voz de un librero que escribe no para hacer listas de lecturas obligatorias ni para dar un soliloquio pesaroso de la vida del librero. Desde un primer momento, ingresamos en un tono que puede deslizarse sin ningún problema para hablar tanto de la Metafísica de Aristóteles como también comentar la manera en que un conocido suyo traficaba droga desde el Brasil vendiendo pedazos de papel bañados en ácido. Es en ese tono que este librero se va construyendo como el librero simpático, inteligente pero no ingenuo. Para nada ingenuo. Es un librero que vende barato libros difíciles de conseguir, cosa que sabe, pero que tampoco es un romántico de otro siglo. Quiero decir, reconoce esa doble dimensión del libro como mercancía y motor espiritual. Es un tipo que sabe que tiene que llegar a fin de mes pero que no está dispuesto a hacerlo a toda costa. Algo así como una ética del librero. Una ética que ve necesaria una gran humildad, porque sabe de literatura pero no está todo el tiempo diciéndolo, marcándolo. Esa cosa que se aprende en la academia, pero de manera negativa: el que más habla, menos entiende de lo que habla.

Como dije antes, el libro es un conjunto de relatos que pueden o no haber sucedido. Pero no cabe duda de que hay una mirada testimonial que atraviesa los textos, o que incluso puede fundarlos. Yo me pregunto hasta dónde importa que haya pasado o no, que efectivamente Patricio haya conocido o no a la amante de Heidegger. ¿Es eso lo verdaderamente placentero de Ejemplares únicos? No voy a decir que no, porque es cierto, despierta un gran interés para seguir leyendo a ver qué pasa, pero reformulo la pregunta: ¿quién quisiera escuchar las anécdotas de un librero pedante, que no para de citar a Joyce, que mide el capital cultural de sus clientes para venderle tal o cual libro? Yo creo que a nadie, o quisiera creer.

Entonces creo que es en ese espacio compartido entre el librero y el lector que aparece el goce. Y aparece no por un acto de magia, sino por el despliegue de una voz, gentil y divertida, que trata de sobrellevar las violencias del mundo con lo que la lectura y el mundo de los libros puede darle -que no es poco- pero sin olvidar tampoco que los clientes de Aristipo son personas, subjetividades que aparecen y desaparecen en estos relatos como joyas encontradas. 

En un momento, podemos leer tal cual esto: “Es que al final nunca sé si las cosas ocurrieron tal como las cuento. Es un problema que tengo desde chico.” Y claro, pedir que se atenga a la realidad tal cual es, ¿para qué? Que mienta un poco, exagere, nos haga reír, cosa que hace muy bien.

***

 Tres mil polvos

 

Era la noche de año nuevo. Yo estaba sentado en el jardincito del balneario del Hotel Ostende.          Debían ser las dos o tres de la mañana. Estaba borracho, obviamente.

            El hotel había organizado un festejo para sus inquilinos. Champagne libre.

            De pronto se me sentó un hombre mayor al lado. Nos pusimos a charlar y resultó ser Abraham, el dueño.

            Creo que todo empezó porque yo elogié la biblioteca del hotel. Le dije que me había sorprendido que tuvieran un libro en especial, un libro que no sólo era imposible de conseguir, sino que, además, el escritor era muy poco conocido en Argentina. El libro era El hijo del hijo pródigo de Soma Morgenstern, que fue amigo y biógrafo de Joseph Roth.

            Me acuerdo, sí, de que charlamos un rato largo. Hablamos de literatura. Le hablé de Roth, le debo haber dicho que es uno de los mejores escritores del siglo XX.

            No sé cómo llegamos ahí, pero en un momento dije:

            –Hay que elegir muy bien el próximo libro que se va a leer, porque no hay tiempo para leer todo. Haga el cálculo –lo debo haber mirado–, si uno lee un libro por semana, son cincuenta libros al año, y si uno lee desde los veinte hasta los ochenta, son sesenta años, y cincuenta por sesenta nos da tres mil. No son tantos libros.

            Abraham sonrió. Era un hombre con una presencia abrumadora. Un viejo patriarca. Tenía aquella serena satisfacción de haber hecho algo importante en la vida y saberlo.

            –La misma cantidad de polvos –dijo.

            –¿Perdón?

            –Que es la misma cantidad de polvos que uno se puede echar en la vida –dijo–. La cuenta es más o menos la misma. Tres mil. Si querés, aquellos polvos de la adolescencia y la juventud se los podés restar a la vejez y ya está. Es más o menos el mismo número.

            Nos reímos. Hice o hizo algún chiste, seguro.

            No recuerdo cómo terminó la charla. Creo que me levanté a buscar champagne y, cuando volví, él ya no estaba.

            Crucé el salón y salí a la terraza que da a la playa.

            Era una noche hermosa. No hacía ni frío ni calor. El cielo lleno de estrellas, la luna blanca, divina, partida justo a la mitad.

            Bajé a la playa y me senté en la arena a mirar el mar, fascinado con la revelación que Abraham me acababa de hacer. Tres mil libros, tres mil polvos...

            Hay libros maravillosos, perfectos, únicos e irrepetibles, pensé, y otros no tanto, medio flojos, incluso definitivamente malos; libros de los cuales esperabas otra cosa y que te terminaron decepcionando, así como hay otros por los que no dabas dos pesos y que al final te volaron la cabeza, igual que los polvos. Libros y polvos hermosos, dulces, tiernos, para mimar, para querer, para acariciar mucho; de esos que te embriagan con su aroma y su calorcito, que te acunan, te

enamoran y que no podés dejar por nada del mundo.

            Libros y polvos también feroces, terribles, violentos, que te salvan la vida –o te la destrozan– y que nunca vas a poder olvidar; libros y polvos que te transfiguran, que no podés creer, y que en ese momento son todo.

            Todo.

            Yo estaba ahí, con los pies desnudos sobre la arena húmeda, enumerando adjetivos en mi cabeza como si fuera posible hablar de la intensidad de una sensación o definir con precisión las formas a través de las cuales se manifiesta el amor.

            Después me levanté y volví al hotel. No podía más.

            Al final todo se trata siempre del amor.

            Todo, siempre.

***

Patricio Rago nació en 1982. Se formó como lector en las librerías de calle Corrientes y en los puestos de Parque Centenario y Rivadavia. Vivió en Roma, Berlín y Barcelona. Fue jugador de hockey profesional, obrero metalúrgico y de la construcción, barman, pintor, cadete, jardinero, repositor de supermercado, mozo, galerista, intérprete simultáneo y profesor de inglés. Colaboró con varias revistas y publicó las novelas Una tumba en el aire (Editorial Somnis, Barcelona, 2010), Silenzio (Edizioni Dalla Costa, Bérgamo, 2014) y Ejemplares únicos (Bajo La Luna, Buenos Aires, 2019). Es librero en Aristipo Libros, una pequeña libería de usados especializados en literatura, filosofía y ciencias sociales.

 

 


sábado, 15 de agosto de 2020

En la colonia agrícola - Santiago Venturini

 

Si es verdad lo que dice Venturini, en el poema 7 que compone En la colonia agrícola, la memoria graba en forma aleatoria. Es así que el recuerdo del suicidio de un chico con la escopeta de su padre, familias que arman sus casas y creen que están construyendo el mundo y un verano en el cual se arma la pelopincho familiar son el escenario, o la evocación, de un momento particular.

Abro el libro al azar y leo

Las flores crecían igual
los árboles se volvían altos
y nosotros hacíamos todo
lo que las personas comunes
hacen
aunque por dentro
estábamos mutando.

El yo lírico se sitúa en medio del poema y observa de qué manera va creciendo la colonia agrícola, no sin cierta ironía o distancia con respecto a la experiencia

¿A qué edad conocen el sexo
los chicos?
Bastante pronto,
chanchitos.

En Alien 3, la querida agente Ripley, después de estar a la deriva en su nave mucho tiempo, llega a un planeta lleno de conscriptos que resultan ser fanáticos religiosos. Ella está aturdida y no entiende cómo llegó hasta ahí. Decide hacer una expedición al esqueleto de la nave y descubre un androide que le cuenta todo lo que sucedió. El mismo mecanismo podríamos decir que se repite en el libro de Venturini. La memoria selecciona y describe, cuenta y no juzga. Un cumpleaños de quince es el escenario donde La Colonia Agrícola interactúa. Y desde el presente, indaga

Algunos dieron el salto
al mundo de los adultos
empujados por sus padres.
Otros se quedaron en el limbo
hasta que un día
en el reflejo de un vidrio
les costó reconocerse.

Sabemos del sentimiento previo que tenemos cuando estamos por perder algo para siempre. Sabemos, también, que volver a buscar eso no es solamente inútil sino una tarea destinada al fracaso. Vivir con las grietas, con lo que queda de nosotros y nos constituye es el anhelo de recuperar ese instante de vacilación en que el mundo se suspende. La escritura, entonces, recupera ese instante y lo trasmuta, el hombre es también el chico:

Quiero volver a los montes
de mi barrio.
Ahí aprendí a levantar ranchos
a elegir palitos para el fuego
a tocar a otros chicos como yo.

Después salí a machetazos
y me transformé en esto.
De vez en cuando
levanto la cabeza
y vuelvo a ver la luz
que pasa entre las ramas.

Ahora
en el mismo lugar
hay casas con el césped cortado
llenas de hijos que comen
todo lo que sus madres les dan
para poder llegar al futuro.

 

Selección de poemas

2.

Un verano
armamos la pelopincho verde
y nos metimos todos.
mamá
Tani
prima Ivana
nona Alicia
-papá no.
Hay una foto
en la que estamos contentos.
Los repasadores de flores
flotan en la soga.
Yo aparezco de espaldas
con una malla roja
y esa piel anfibia
que tienen todos los chicos,
piel nueva
lista para curtirse
con lo que va a venir.
Es la hora de la siesta
y el portón del patio está abierto.
No hay nadie en la calle
pero el barrio sigue creciendo.
Los matrimonios jóvenes
levantan sus casas,
proyectan piezas
para hijos que no existen,
achican el terreno virgen
con metros de familia:
donde había un monte
crece un living.
Cuando baja el sol
se sientan en sus veredas
y creen que el mundo
está en construcción.

*

27.

Cuando mi mamá empeoró
mi hermana Tani tuvo que aprender
a poner inyecciones.
Practicaba con una naranja
o un pedazo de carne.

Fue su enfermera personal
durante años.
Si mamá no podía dormir
ella no dormía,
si tenía hambre
ella también.
Era su doble sano
siguiéndola del baño
a la pieza.
Al final
la primera hija
que tuvo mi hermana
fue su propia madre.
En el último tiempo
la alzaba como a un bebé.

Yo tenía trece años.
Iba a la escuela
ponía la mesa
y no paraba de pedalear.
Tanto
que cuando mi mamá
hizo su última transmisión
desde la tierra
y se despidió del mundo
en la nave espacial de su cama,
yo estaba subido a mi bicicleta
pero mirando al cielo
para verla despegar.

*

14.

Los habitantes
de la colonia agrícola
viven rodeados de campos
aunque a veces se olvidan.
Hasta que un domingo
ven desde la ruta
la forma verdadera de la tierra:
una extensión dividida
con postes de alambrado
que tienen dueño.
Acelerando sobre el asfalto
que pusieron otros colonos
pegan los ojos al horizonte,
aprenden la lección del paisaje.

El campo parece
demasiado elemental
pero esconde cosas.
A doscientos metros
alguien que levanta un brazo
no se ve.
De noche
lucecitas de autos ocupados
por dos personas
se hunden en la oscuridad.
Una vez
te internaste en los campos
con alguien.
Cuando terminaron
y te acomodabas la ropa
viste la ciudad desde lejos.
Era una masa naranja
hecha con la energía
de luces públicas,
brillando en el medio de lo negro.
Como si una nave nodriza
con la tripulación de todas
las caras que conocías
acabara de aterrizar
sobre la superficie nueva
de un planeta.


Santiago Venturini nació en Esperanza (Santa Fe) en 1981. Publicó los libros de poemas El exceso (2008), El espectador (2012), Vida de un gemelo (2014), En la colonia agrícola (2016) y Un año sentimental (2019). Es profesor universitario y trabaja como investigador.

martes, 21 de julio de 2020

Poemas de Sandro Penna





Cada segundo que paso sin escribir esta especie de palabras preliminares a los poemas es un segundo más en el que me convenzo, de alguna manera, de no decir nada. Se debe, me parece, a que después de seleccionar estos poemas de Sandro Penna me encontré otra vez, y ahora con una mayor intensidad, frente a una transparencia inexplicable. Y mientras pienso esto encuentro un apunte de Sandro Penna citado en el prólogo que Pablo L. Ávila escribe para la edición de Poesía (Visor, 1992). El apunte, que encima había olvidado, dice:

Si pienso que se puede mirar la pasión fríamente y con ojo sereno de artista entenderla profundamente sin sentir dentro de sí algún fuego, siento un odio desesperado por ese poder aristocrático y prepotente del intelecto sobre las cosas.

Me quedo con la idea del intelecto como un poder aristocrático, prepotente, pero, sobre todo, inútil para la pasión. Me hace acordar a lo que escribe Diana Bellessi en el texto que inaugura La pequeña voz del mundo cuando se refiere a las tareas de la voz poética. Diana dice: “Permanecer atenta a lo inútil, a lo que se desecha, porque allí, detalle ínfimo, se alza para ella lo que ella siente epifanía.” Creo que esta dificultad que encuentro para hablar sobre Penna se debe un poco a querer hablar con el intelecto sobre el corazón, porque para leer estos poemas no hace falta ser un estudioso sino aceptar esa transparencia y misterio que aparecen fundidos en la epifanía de una voz despojada del intelecto o de la inteligencia académica para escuchar, con gran detención, el canto susurrado de, por ejemplo, estos versos:

“Un chiquillo corría tras un tren.
La vida -me gritaba- va sin frenos.
Lo saludé, riendo, con la mano,
y trémulo y en paz torcí lejano.”

Explicar ese poema, esa pequeña postal, tan perfecta como si la hubiéramos vivido esta misma mañana de regreso a casa, ¿para qué? ¿Por qué? Algo parecido también se podrían haber preguntado los que lo rodeaban a Penna y conocían su estado de casi indigencia, de vendedor de cuadros en la calle, cuando se enteraron de que por las tardes el poeta le pagaba a un chofer para que lo llevara al mar.

Algo de esa anécdota del Penna indigente que decide gastar sus pocas monedas en un viaje me permite, recién ahora, poder decir un par de cosas de su poética, cosas chiquitas. Primero, que el Eros de sus poemas es indisciplinado, desafiante. Un Eros, además, que no solo lo lleva al encuentro con su tan añorado muchacho que ve en cada chico que pasa, o al paisaje de la naturaleza que se despliega frente a la mirada como encantándola, o a la noche de las ciudades: la escritura poética termina transformándose e identificándose en múltiples objetos del deseo. Y si la búsqueda del deseo es una búsqueda de sí mismo, la soledad es un momento de hallazgo que atraviesa los poemas como una mirada atenta a esa pasión que se desparrama. La soledad no como un martirio, si bien a veces puede serlo, sino como una consecuencia necesaria del aislamiento, lo que no le impide, ciertamente, vivir el edén, la libertad, el goce.

Y, para terminar, vuelvo sobre el mismo tema: Penna se contenta con lo que el Eros puede regalarle: una sonrisa, un pedacito de sol anidado en el cuerpo del amado, lo que sea. Este goce que recibe parecería hacer que el poeta pueda tocar, acariciar, ceñirse contra el cuerpo del otro, pero verdaderamente lo que a Penna parecería interesarle es saber que, aunque el muchacho pertenezca a otro mundo y que tal vez nunca lo ame, pueda figurarlo. Como si por un momento, la frontera de ese mundo otro y este mundo propio se disipara durante el poema, y pudiera la angustia no hundirse en un mundo aun no perdido del todo:

“Mas tú quedas en la calle
desconocida e infinita.
Sólo pides a la vida
que reste ya como es.”

Acá dejamos una selección bien nutrida de poemas de distintos momentos de la obra de Sandro Penna.

Selección de poemas

Poesías (1927-1938)

1

La vida… es acordarse de un desvelo
triste en un tren al alba: haber visto
afuera la luz incierta: haber sentido
en el cuerpo roto la melancolía
virgen y áspera del aire hiriente.

Pero recordar la liberación
de improviso es más dulce: junto a mí
un marinero joven: el azul
y el blanco de su divisa, y afuera
un mar todo reciente de colores.

6

Falsa primavera

Plácidos gatos, amantes
(quieta la hora en el prado)
de cristales brillantes.

Torpemente felices,
del olor a cuartel
se desnudan los soldados.

Pero es fugaz en las hondas
ansias ese sol que amas.
Cae la tarde y es grave
el cielo en los ramos secos.

7

Bajo el cielo de abril esta paz mía
es incierta. Los verdes claros ahora se mueven
caprichosamente al viento. Aún duermen
las aguas mas, parece, con los ojos abiertos.

Corren muchachos en la hierba, y parece
que los esparza el viento. Pero sólo
mi corazón está disperso y le queda un rayo
vívido (oh juventud) de sus blancas
camisas estampadas sobre el verde.

8

Ya declina el verano y el plenilunio
trae vigores nuevos. Y estoy solo.

De la casa de Baldo, campesino
amigo, llega un toque de organillo.
Después dos voces se alzan en contienda.

Una es viril y la otra, aún más bella,
es tal vez la de Baldo, el mozuelo amigo.

10

Toda pena ha caído. Ahora llueve
tranquilamente sobre la vida eterna.
Montando su motor, en la cochera,
es -desde lejos- un pequeño obrero.

Ahora llego del cerrado libro a aquella
vida lejana. Mas si es la verdadera
no lo sé.
             Y no lo dice el nuevo sol.

16

La véneta plazuela,
antigua y melancólica, acoge
olor a mar. Y vuelos
de palomas. Pero queda
en la memoria -y encanta
de sí misma la luz- el vuelo
del muchacho ciclista
vuelto al amigo: un soplo
melódico: “¿Vas solo?”

Poesías (1938-1955)

20

Como el viento de abril es mi muchacho,
claro y ligero, un poco caprichoso.
Pero abrasa la hierba en mis prados. En vano
invoca una caricia más constante.

24

Mi vivir es monótono si arde
calmoso un sol en las persianas verdes.
Se hace dócil la mirada, sereno amor
anónimo, poesía de cuatro versos.

25

Un chiquillo corría tras un tren.
La vida -me gritaba- va sin frenos.
Lo saludé, riendo, con la mano,
y trémulo y en paz torcí lejano.

28

Se despidió el verano sin ruido.
Nubes ligeras, una a una, hincharon
el corazón de signos sin nombre.
La luna transcurría ansiosa, honesta.

Enteramente echada sobre un muro
dormía otra edad en la canícula.
En la mano apretaba su más caro
objeto. No por pudor, que no tiene pudor
el sueño, y hasta el sueño está solo en la ciudad.

Un extraño gozo de vivir (1949-1955)

33

Un poco de paz hay ya en el campo.
El ocio, que es padre de mis sueños, mira
mis vicios con sus ojos comprensivos.

Alguien que estaba en mí mas no me mira
orina y se muestra negligente: de pronto
aparece un tren con sus pasajeros
atónitos y sonrientes: y ya es ayer.

Extrañezas (1957-1976)

45

Duró este gran amor
tan sólo una semana.
Oh cómo se aleja
el tiempo del error.

47

Saben sólo los ocasos mis pasajes
de pueblo a pueblo, o, de improviso
muchacho campesino, enamorado
de mí, o de la vida, no sabiendo
él más de los ocasos.


48

“Poeta exclusivo de amor”
me han llamado. Y tal vez era verdad.
Pero el viento aquí en la hierba y los rumores
de la ciudad lejana,
¿no son también amor?
Bajo cálidas nubes,
¿no son aún el eco
de un amor que se abrasa
y nunca más se aleja?


Sandro Penna (1906-1977): Su padre era comerciante en Perugia, ciudad en la que vivió hasta los veintitrés años. El resto de su vida (salvo un breve periodo que pasó en Milán), transcurrió en Roma, ciudad en la que morirá. En 1939 publica sus primeros poemas con éxito, lo que le permite colaborar en importantes revistas literarias de aquel tiempo, como Corrente, Letteratura o Il Frontespizio. Allí aparecieron textos en prosa que posteriormente se publicaron bajo el título de Un po' di febbre. En 1950 publicó su segundo libro de poemas con el título de Appunti. En 1955 publicó Arrivo al mare. En 1956 aparece una de sus obras más importantes, en la que se define mejor su personalidad y el estilo de su obra: Una strana gioia di vivere. En 1957 la editorial Garzanti publica una antología completa de sus poemas, con las que obtiene ese mismo año el Premio Viareggio. En 1958 aparece un nuevo libro de poemas: Croce e delizia. En 1970 Garzanti edita Tutte le Poesie ('Todas las poesías'), donde se recogen todos los libros precedentes y muchos textos inéditos hasta entonces. Con este libro, Penna gana el Premio Fiuggi. En 1976 publica Stranezze , con el que gana en enero de 1977, pocos días antes de su muerte, el Premio Bagutta.

sábado, 27 de junio de 2020

Poemas de Anna Ajmátova







Anna Ajmátova tuvo la desgracia de desarrollar su producción bajo la ola del terror estalinista. Como señala Coetzee, los poemas no fueron escritos sino que fueron recordados dando así voz a millones de mujeres que frente a las cárceles de Leningrado esperaban noticias de sus maridos o de sus hijos. Y entre ellos, el hijo de la poeta.

A pesar de la oscuridad que tocó atravesar a dicha generación, allí donde se desarrollaba el horror también persistía el espíritu de un país arrasado por el frío y la tortura. A continuación una pequeña selección traducida por el eslavófilo Fulvio Franchi y recogida en el libro 51 poetas, antología crítica de J.M. Coetzee.



Selección de poemas


Réquiem

¡No! No estaba bajo un cielo extraño

ni bajo la protección de alas extrañas.

Estaba entonces con mi pueblo, allí,

donde por desgracia mi pueblo estaba.


1961

En lugar de dedicatoria

En los terribles años de lézhov pasé diecisiete meses en las colas de la cárcel de Leningrado. Una vez, alguien me “reconoció”. Entonces una mujer que estaba parada detrás de mí, con los labios azules, quien, por supuesto, nunca en su vida había escuchado mi nombre, se despertó del embotamiento, propio de todos nosotros, y me preguntó al oído (allá todos hablaban en susurros):

-¿Y esto usted puede describirlo?

Y yo le dije:

-Sí, puedo.

Entonces, algo como una sonrisa apareció en aquello que alguna vez había sido su cara.

I de abril de 1957

Leningrado


Dedicatoria

Ante esta pena se inclinan las montañas,

no fluye el gran río,

pero son fuertes los cerrojos de la cárcel,

y tras ellos las “celdas de los condenados”

y una angustia mortal.

Para alguno sopla un viento fuerte,

para alguno es una caricia el ocaso -

No sabemos, somos las mismas en todos lados,

solo escuchamos el rechinar odioso de las llaves

y los pesados pasos de los soldados.

Nos levantábamos como para la misa matutina,

caminábamos por la salvaje capital,

allí nos encontrábamos, muertes exánimes,

el sol más bajo y el Neva más brumoso,

pero siempre cantaba a lo lejos la esperanza.

La sentencia… Y de golpe brotan las lágrimas,

ya ella ha quedado apartada de todos,

como si con dolor le quitasen del corazón la vida,

como si brutalmente la tumbasen de espaldas,

pero camina… Se tambalea… Sola.

¿Dónde están ahora, involuntarias amigas

de mis dos años endiablados?

¿Qué creen ver en la tormenta de nueve siberiana, qué se les aparece en el círculo lunar?

A ellas les envío mi saludo de despedida.

Marzo de 1940


Introducción

Esto ocurría cuando sonreía

solo un muerto, feliz de su reposo,

y como un sobrepeso innecesario pendía

Leningrado al lado de sus cárceles.

Y cuando, enloquecidos por la tortura,

pasaban los regimientos de los ya condenados,

y una breve canción de despedida

cantaban las sirenas de las locomotoras,

las estrellas de la muerte estaban sobre nosotros,

y la inocente Rus se contraía

bajo las botas ensangrentadas

y bajo las ruedas de los “negros furgones”.

7. La sentencia

Y cayó la palabra de piedra
sobre mi pecho aún con vida.
No importa, porque estaba preparada,
me las arreglaré de algún modo.

Hoy tengo mucho que hacer:
hay que matar la memoria hasta el final,
hay que hacer que el alma se haga piedra,
hay que aprender de nuevo a vivir.

Si no… El cálido murmullo del verano
del otro lado de mi ventana es como fiesta.
Lo presentía desde hace tiempo,
el día luminoso y la casa vacía.


8. A la muerte

Vendrás de todos modos, ¿por qué no ahora?
Te espero -es muy difícil para mí.
Apagué la luz y abrí la puerta
para ti, tan simple y admirable.
Para eso arréglate como quieras,
irrumpe con un arma envenenada
o llega sigilosa como una pesa, como experto bandido,
o envenena con el vaho del tifus,
o con una fabulita inventada por ti
y por todos hasta el asco conocidos -
para que yo vea la punta del gorro celeste
y pálido de terror al encargado.
Ahora todo me da igual. Se arremolina el Eniséi,
brilla la Estrella Polar.
Y el brillo azul de los ojos amados
vela el último terror.


5

Diecisiete meses hace que grito,
te llamo a casa,
le he echado a los pies del verdugo,
hijo y horror mío.
Todo se ha enturbiado para siempre,
y ya no puedo distinguir
quién es fiera y quién persona,
y si he de esperar la ejecución un largo tiempo.
Y solo hay flores suntuosas,
y el sonido del incensario, y las huellas
hacia ninguna parte.
Y me mira directo a los ojos
y me amenaza con pronta ruina
una inmensa estrella.

viernes, 29 de mayo de 2020

De fondo suena siempre Whitney Houston - Pola Gómez Codina





Leo mientras la voz de Whitney Houston aparece detrás de los poemas y se suma como otro instrumento a una canción. La música me colma, y de pronto, tengo el susurro de versos que se montan a las notas de un saxo que me cantan: “un taladro que rota/en el vacío”, un poco de lenguaje que trastoca el vacío como I will always love you transformaba por completo una fiesta de quince en los 90'.

Entro entonces hacia ese gran silencio de salón de fiesta sin música y avanzo y me muevo de a poco con unos pasos de baile. Si me apuro, si olvido llenarme la boca con el poema, leo: “Hay personas que hablan demasiado” y me calmo inmediatamente en las estelas de esas palabras talladas, finísimas, que me recuerdan por qué se llaman lentos esos bailes.

En De fondo suena siempre Whitney Houston (Salta el Pez Ediciones) también aparecen, como en un gran festival, Janis Joplin, Silvio Rodríguez, Luis Miguel y los Guns N' Roses. Y es un gran festival por la pluralidad y la diferencia de esos cantos que recolecta. Basta observar sino el poema “Guarania”. Todas esas voces de una generación guardadas en una caja de musical, llena de ecos y de cruces de un pasado que apenas se fue y que es posible encontrar para bailar un poco. La voz, colmada de voces. La voz como el momento de escucha donde se hace el encuentro: no para ir lejos, para ir cerca.



Selección de poemas


¿En qué puedo ayudarla?

anoche
manejé sin los lentes, cansada
dolorida
hasta una farmacia
de guardia y había un pibe
delgado como un hilo
con las manos finísimas y unos ojos de pájaro
salvaje enredado en su delantal
ridículo
como tu traje de repositor
cuando te conocí
y los ojos abiertos surcándole
los bordes de las sienes
igual
con la nariz de águila igual
y también
era tímido

No desaparecen las plazas en invierno                             
                                                     A Tamara, que habla poesía.

Ella me dijo vamos a la plaza  
yo dije que era el día más frío
en veinticinco años
que lo decía el pronóstico que lo decía 
la meteoróloga pero ella
me arrojó su lanza tibia

-no desaparecen las plazas en invierno 

y la frase, cortante entre los muebles
se me instaló en los treinta
años del cuerpo
y pensé en la plaza del cañón en Lomas
del Mirador
había una calesita 
estilo parisino con luces había flores
pequeñas que se abrían de noche
la casa de mi tía con un pasillo al fondo
y la casa
de la pobre Hermelinda
con sus paredes húmedas cayendo
sobre los guisos dulces
y la nieve de julio en 2007
sobre Mosconi sobre el hombre
muy alto que yo quise
hasta cubrirlo
hasta volverlo plaza
nevada

Pitonisa

La mujer de la feria dijo que la melisa 
no arroja sus aromas si no está 
enojada

tiene unas manos duras 
callosas  
y entremezcla los dedos  
en los tallos con la violencia exacta 
hasta hacer despuntar
el olor fresco  

Me dice que si tengo
alguna planta mala
se la traiga

Envuelvo la begonia aletargada 
la llevo hasta la feria como quien lleva niños
enfermos, o calandrias
heridas

Ella entonces desprende la maceta 
de la tierra y me mira
con cierta compasión

La planta está sufriendo 
porque tiene gusanos
en las raíces
señora


Ceremonias

I
Alquilamos salones con máquinas de humo
y si eso no se puede entonces una
sociedad de fomento
recibimos tarjetas, compramos
el vestido el esmoquin
los tiradores aros con strass
resucitamos cada aniversario
una mitología
hecha de mazapán y vino tinto
somos insectos dulces
nadando en la bañera

de fondo suena siempre
Whitney Houston
and i
will always love you
my darling you

II

Voy, maquillada como una muñeca
al casamiento de una prima
llevo un escote corazón, los tacos
son esquirlas que se hunden en el pasto
el cura
está en camino
lo imagino bajando de un helicóptero
como el dios de su máquina
sotana al viento
con la mitra y el báculo
y pienso en Sor
Juana, en María Magdalena, en mi prima
debajo de los kilos de tela
del vestido
es el cuerpo de dios
es tu sangre y mi sangre
dice su santidad
yo permanezco
sentada o lanzo arroces
con mis manos esmalte ónix calcio
en la pista de baile
desenrosco
mi empatía como una madreselva
que envuelve hasta cubrirme las ideas
y me dejo
menear

un taladro que rota
en el vacío

III

Por suerte hay un momento de la fiesta
en que puedo decir tengo que irme
me encantaría quedarme pero
tengo que irme
y sonreír
como si me alegrara alguna cosa
mucho
cuando llego me saco los zapatos 
pongo una pava al fuego
asisto al rito
del vapor del silencio
del té negro
y arrojo
sal marina en el fondo
de mi balsa dejo correr las ondas
me sumerjo
aguaviva
aguas arriba

Un poco de amor francés
                                                                       
Hay personas que hablan demasiado
dijo mientras
enroscaba una lámpara que había instalado en mi
habitación un hilo de sudor
caía por la delgada
espalda

amasó panes
(parecían nubes)

y yo pensé: podría acostumbrarme
a este tipo
de cosas


Pola Gómez Codina (Argentina, Ramos Mejía, 1982). Es profesora de Castellano, Literatura y Latín por el Joaquín V. González y especialista en Literatura y Lenguajes Audiovisuales por el IES Mariano Acosta. Se formó también en los talleres de escritura de los poetas Osvaldo Bossi y Florencia Fragasso. Actualmente cursa una Maestría en Escritura Creativa en la UNTREF. Integra el colectivo de poetas Máspoesía, cuyo objetivo es difundir poesía contemporánea. Ha sido antologada en la plaqueta Ellas por ellas (Clara Beter Ediciones, Argentina, 2019) y en el libro Sayana: voces del agua (Sombragrís, Ecuador, 2019). Este año publicará su primer libro, De fondo suena siempre Whitney Houston, por la editorial Salta el pez.



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